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Vista general

Beneficiado

Cómo guardar el café

A sangre fría, en silencio, con efectos mortales: así actúan los asesinos del aroma del café que guardamos en casa.

Una mañana usted, sin sospechar nada, se prepara su café, da un sorbito a la taza, todo está como siempre. Pero de repente se encuentra con un brebaje insulso en la boca. No hay duda: ¡han sido los asesinos del aroma! Pero ¿quiénes son exactamente?

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Para todos nosotros, el café es el favorito de la mañana. Nos da ánimos y nos ayuda a empezar la jornada. Es, también, un producto natural, pero con una diferencia respecto al azúcar que muchas personas le añaden: no tiene un margen de vida ilimitado. Y ello por más que algunos fabricantes se empeñen en lo contrario.

Dejar sin aire al oxígeno

Así pues, el café recién tostado, almacenado a continuación correctamente, dura hasta ocho semanas sin que se disipen sus aromas. Un factor determinante de este proceso es el oxígeno. Demasiado oxígeno hará que el café adquiera un gusto rancio, insípido y amaderado... ¡Algo nada apetitoso! Por ello, conviene que permanezca en el envase siempre que sea posible. Al sacarlo del mismo, entrará innecesariamente en contacto con su enemigo: el aire.

La opción óptima es guardar el empaquetado original en un recipiente hermético al aire. ¡Es uno de los casos en que doblar la ración funciona! Por cierto, el café demasiado reciente tampoco sabe bien. Como tras el tueste se libera cierta cantidad de dióxido de carbono, el café a continuación hay que dejarlo reposar entre tres y cuatro días antes de empezar a consumirlo.

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Negar al calor el pan y la sal

También se debe desaconsejar encarecidamente guardar el café justo encima de aparatos que desprendan calor, como puede ser la nevera o, Dios no lo permita, la calefacción. Pues, al igual que ocurre en el mismo proceso de infusión, el calor hace que se liberen aromas. Esta liberación, ciertamente, es paulatina. Pero acabará llegando el momento en que usted se pasme al comprobar que su origen único de Etiopía no muestra de repente sus notas a bayas... y ahora sabe a cartón. Por lo tanto, lo mejor es que guarde el café en un armario o en la despensa.

Parar en seco la humedad

Otro archienemigo del café es la humedad. Ya desde el beneficiado, el secado y el tueste, el productor pone todo su afán para que no le llegue al grano nada de agua. Solo así puede conseguirse que un café tenga de verdad «mucho carácter».

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Si a alguien se le ocurre la idea de meter el café en la nevera (regla general: no haga nunca experimentos raros con el café), estaría equivocándose. Al café le gusta el frío, eso está claro. Pero el frigorífico transmite también humedad y, sobre todo, olores. Le desaconsejamos decididamente esta opción, pues, si no le apetece degustar un disparatado café con aroma a queso y jamón. Sí puede tener sentido, por el contrario, guardar el café en el congelador. Pero, en todos los casos, con dos condiciones: consumir todo el café inmediatamente después de descongelarlo y no abrir a diario el compartimento de congelación. Sea como fuere, mucho más práctico resulta guardarlo por el método tradicional: en un lugar resguardado y seco sin fuentes de humedad contiguas.

Cortar la línea a la luz

Por último, si bien no menos importante: también se debe proteger el café de la luz directa. Cierto que el sol ayuda al café hasta que las bayas maduran, pero al grano ya desarrollado le arrebata sabor. Por ello, prescinda de envases de plástico transparente, o bien colóquelos dentro de un armario.

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Dejémoslo claro: ¿qué hacer contra los asesinos del aroma?

En recapitulación: el café envejecido no sabe bien. Así pues, guarde su café recién tostado en el envase original, si puede ser, dentro de un recipiente oscuro y hermético al aire y en algún lugar seco y fresco de su casa (quiere decirse: ¡en la nevera no!). La norma aquí es que el café en grano conservará su buen sabor durante ocho semanas como mucho; el café molido, ya que tiene más superficie sensible, hasta un máximo de solo cuatro semanas.

Es recomendable, pues, guardar el café siempre en forma de granos enteros y, llegado el momento, molerlos en el momento. Con las cápsulas, estos esfuerzos sobran. El café en este caso no entrará en contacto con la humedad y el oxígeno hasta el momento en que usted así lo desee, es decir: cuando la infusión está ya preparada en la taza.